El padre Uba, misionero salesiano en Sierra Leona, nos habla de los huérfanos del ébola.

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Los niños huérfanos del ébola “solo quieren un abrazo”

Los huérfanos del ébola sufren la pérdida de sus padres y el estigma social de haber padecido y superado la enfermedad.

El padre Ubaldino Andrade, misionero Salesiano en Sierra Leona, narra a www.lainformacion.com el día a día de los niños en su centro de acogida.
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huerfanos-ebola-sierra-leona1El ébola continúa dejando un rastro de muerte y dolor que será difícil superar en los países de África Occidental afectados en el último año y medio por la epidemia. Son ya más de 28.000 las personas afectadas por el virus y 11.200 las que han perdido la vida. Ha pasado un año desde que el ébola azotó a África Occidental. Pese a que la epidemia está controlada y los nuevos casos de la enfermedad se cuenta con los dedos de la manos no podemos relajarnos ni bajar la guardia porque el virus puede reaparecer de nuevo con gran virulencia si no se toman las medidas de precaución adecuadas.

Las consecuencias sobre la población son demasiado grandes para plasmarlas en cifras y, sobre todo, los menores sufren la pérdida de sus padres y el estigma social de haber padecido y superado la enfermedad. Más de 16.000 niños y niñas han perdido a sus padres, a alguno de ellos o a ambos, pero los misioneros salesianos en Sierra Leona no los han dejado solos: más de 250 menores son acogidos en un centro salesiano en Lungi donde se pueden recuperar.

“Llegaban débiles y traumatizados, pero con cariño y una buena alimentación todos han ido recuperándose y tienen la ilusión de convertirse en profesionales en el futuro para poder ayudar a otros niños como ellos”, explica el Padre Ubaldino Andrade, misionero Salesiano en Sierra Leona a www.lainformacion.com en una entrevista telefónica.

Acaba de llegar del segundo país más azotado por el virus. Tras la guerra, la enfermedad ha dejado a miles de niños huérfanos, los verdaderos héroes silenciosos del ébola. Muchos de ellos se enfrentan al trauma de perder a uno o ambos padres y prepararse para una vida sin ello. Además se enfrenta al estigma e incluso en les rechazan en su propia casa. “El niño no lo entiende porque tienen el trauma de ver morir a sus padres y en vez de conseguir el respaldo tienen que enfrentarse al rechazo y la ignorancia”, lamenta el padre Ubaldino. “Lo primero que les ofrecemos es una experiencia de vida normal, tocarlos cuando nadie le quería tocar, darles cariño, una abrazo. Es muy importante para los niños porque poco a poco olvidan el trauma”, señala.

El un centro salesiano en Lungi es uno de los ocho que están repartidos por Sierra Leona. El Gobierno de Sierra Leona le pidió a los misioneros que se hicieran cargo de algunos de estos menores para que no estuvieran deambulando por las calles. “Estamos en constante contacto con el gobierno, pero a veces es una tarea difícil porque los familiares o amigos tienen que llamar para que informar de la existencia de un niño huérfano, pero en ocasiones se encuentran en aldeas perdidas en las que ni siquiera hay teléfono, así que vamos a recogerlos”.

 

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El objetivo de este centro es ofrecer apoyo y participar en un proceso de reconciliación para que posteriormente el menor sea realojado con algún familiar o con miembro de su comunidad. “La institución no es el mejor sitio para vivir”, explica.

Muchos menores han superado el ébola pero siguen necesitando ayuda porque lo han perdido todo. Para ello, se le ofrece una experiencia familiar y se llevan a cabo actividades culturales, bailes o artísticas. Los huérfanos son niños y el mejor modo para aprender es jugando.

Margaret, tiene 14 años y su historia es bastante común en los tres países azotados por la epidemia. Sus padres murieron de ébola. “Una ambulancia se los llevó y ni yo ni mis cuatro hermanos los volvimos a ver”, explica la joven.

A los pocos días se sintió débil y también le llevaron al hospital. “El médico me dijo que había dado positivo por el virus. Estuve en un centro especial y no tenía ganas de comer. Sólo me acordaba de mis padres”, recuerda la pequeña. A las tres semanas llegó al Centro Salesiano de en Lungi. “Me estoy preparando para volver a casa con mis tíos y mis hermanos. Quiero ser médico. Tengo muchas ganas de vivir y de ayudar a otras personas”, asegura sonriente.

El pequeño Ibrahim tiene solo cuatro años. Su padre murió de ébola y su madre se fue de casa. Fue recuperado por el Gobierno, que lo llevó a un hospital. Para desinfectarlo lo rociaron con clorín y quedó ciego de un ojo y pierde visión en el otro. Pusieron su foto en un periódico y los Salesianos lo acogieron. En unos meses viajará a Alemania para operarse, gracias al misionero salesiano Lothar Wagner. Ya tiene todos los permisos de la embajada y el pasaporte. Los médicos aseguran que recuperará la vista.

Alfa, de solo 5 años, presenció como el ébola mató a 12 miembros de su familia. Él también fue infectado por el virus pero se recuperó. Vive con dos hermanos más en el centro de los misioneros y será reunificado con su familia extendida.

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